miércoles, 10 de abril de 2013

Día a día

Un día, el que menos te lo esperes, voy a besarte. Así, de repente. Sin previo aviso. En medio de toda esa gente que no nos importa. Probablemente lo haré cuando te estés riendo. O cuando me llames Judas o Pétain. No te llevaré la contraria. No me enfadaré cuando me llames, otra vez, intolerante. Dejaré de lado las monarquías, las dictaduras y Nantes. Sé que estabas nerviosa cuando fuimos al cine a ver Jappeloup. Mientras te rizabas el pelo y, tras insistirte, recitabas los primeros versos de Báilame el agua. Evitabas mirarme a los ojos. Te reías, liberada, mientras te decía que no te iba a invitar a nada. Que no era una cita.  Tus ojos verdes eran una batalla aquella noche. Relucían, rebeldes, desafiando los destellos argentados de la luna. Te seguías rizando el pelo y seguías hablando de películas. Tus trenzas meciéndose levemente con la cadencia de tus pasos. Ahora, te miro y estás en el centro de la cafetería. Increpas a alguien por no contestarte a los mensajes. Te ríes y le insultas. Dices palabras malsonantes que suenan bien -biensonantes- como tú las dices. Luego te das cuenta de que te observo, divertido. Te giras hacia mi, cruzándote de brazos. Inclinas el peso en una pierna y ladeas ligeramente -y peligrosamente- la cadera. Y sonríes.
  
¿Y tú que miras, Pétain?

Yo miro hacia atrás, como si fuese inverosímil que me hablases a mi. O como si no me llamase Pétain. Cuando me giro tienes la boca abierta y la lengua fuera. Me estás enseñando el chocolate mordido que tienes en la boca. Yo cierro los ojos para no verlo. Tú te ríes. 

 ¿Has visto ya el vídeo de mi amigo Alex Cao?  

Te digo que sí y que está loco.Y me pregunto en voz alta cómo ha podido llegar ahí ese gordo. Tu sonrisa pasa a un ceño fruncido.

Eres un intolerante. 

Sabes que me cabrea. Sabes que es el botón que hay que pulsar para que me ponga a dar discursos. Desde que defendí de aquella manera a la familia real, te encanta que ponga serio y que luche -verbalmente- por algo. Tú me observas con curiosidad acechante. Como un cazador que tensa sus músculos y respira. Yo te adivino, en la mirada, las intenciones. Y sonrío.

Puede ser, respondo. 

No se me ha ocurrido otra cosa. Siempre me pasa lo mismo cuando hablamos delante del todo el mundo. Prefiero el silencio al ridículo. Lo mejor es que tú lo entiendes. Diálogos de miradas. Si emociona pensarlo, imagínate hacerlo. Algo así entiendo en el código morse de tus párpados.

En un segundo crece en mi cuerpo el impulso incontrolable de besarte. Ahí en medio. Rodeados de gente que no nos importa. Tú me miras fíjamente. Cambias de pierna el peso. Tu cadera se balancea como un barco en una tormenta. En tus ojos verdes el huracán que siempre habita en ti. La tempestad que me has contagiado sacudiendo mi cuerpo. Doy un paso hacia ti. 

Bueno, Judas, llego tarde al TP. Luego te veo. 

Me despido con una sonrisa en los labios. Casi mirando hacia otro lado. El fuego se extingue, lentamente, en mi pecho. Te observo alejarte. Respiro profundamente. Mi estómago se baja de la montaña rusa. Las mariposas se me escapan entre los dedos. Desando pesadamente el camino de vuelta. Kvothe -como siempre, tras nuestros desencuentros- retumbando en mi cabeza: 

Debí ser más atrevido y besarla. Debí ser mas prudente. He hablado en exceso. No he dicho suficiente.


  

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